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  • Foto del escritor: Laura Pérez
    Laura Pérez
  • 17 feb
  • 1 Min. de lectura

A lo largo de la vida te cruzarás con todo tipo de personas. Aprender a distinguirlas no es un ejercicio de desconfianza, sino de lucidez: saber elegir con quién caminar es una forma de cuidado propio. Aun así, tropezarás. Es inevitable.


Sí, la maldad existe.


No todo acto dañino nace del sufrimiento, la rabia o la infelicidad. No siempre puede explicarse como el resultado de una herida mal cerrada o de una circunstancia adversa. A veces, la maldad no es reacción, sino disposición. No es un impulso momentáneo, sino una forma de estar en el mundo.


Hay personas que conviven con ella como quien convive con su sombra. La integran, la cultivan y actúan conforme a esa naturaleza. Suelen llevar una máscara impecable: una amabilidad calculada, una empatía ensayada, una cercanía estratégica. Bajo ese velo, la intención se afila en silencio. Y cuando te das la vuelta, el golpe llega sin aviso.


Desde fuera cuesta comprenderlo porque tendemos a interpretar a los demás desde nuestro propio marco moral. Proyectamos nuestra capacidad de culpa, nuestra empatía, nuestra duda. Y cuando alguien actúa con frialdad sostenida, buscamos una razón que lo humanice, que lo explique, que nos devuelva cierta sensación de orden.


No busques siempre una explicación. No te precipites a encontrar una causa que te implique. No todo tiene que ver contigo. No todo es responsabilidad tuya.


A veces, simplemente, te cruzas con la maldad de frente.

 
 
 
  • Foto del escritor: Laura Pérez
    Laura Pérez
  • 25 oct 2023
  • 1 Min. de lectura

Perdona y libera. No te conviertas en lo que te han hecho, eso no tiene nada que ver contigo. Acepta tu parte de responsabilidad, pero no cargues con ella, la equivocación es parte de nuestra vida como seres humanos.


El aprendizaje nos muestra que la perfección no existe y que fluir es lo más cercano a la paz mental.


Suelta lo que te hace daño agarrar. Acepta y libera.


 
 
 
  • Foto del escritor: Laura Pérez
    Laura Pérez
  • 23 oct 2023
  • 2 Min. de lectura

Hace un tiempo escribí algo que a día de hoy resulta enriquecedor para mí. Dice así:

“Una vez expones tu situación a la persona correcta en voz alta algo hace clic dentro de ti, y de repente tu visión se agranda”.

A veces, para creer que tenemos el control de ciertas situaciones que nos asustan por su relevancia, obligamos a nuestra cabeza a decir “está bien”. Nos repetimos que lo estamos llevando correctamente. Pero no es así, no estamos sabiendo cómo superarlo, y lo peor llega cuando nos apoyamos en el hombro equivocado. No sólo eso, sino cuando, con todas nuestras fuerzas, intentamos que ese hombro vea, sienta y actúe como creemos que se debe hacer para tener el control.

En esa circunstancia nuestra visión está siendo mínima. Todo se ciñe a permitirnos sufrir porque “el camino es el correcto”.

Claro está que cuanto mayor sea la profundidad en ti mismo más cerca estarás de la paz.

Pero en este caso, involucrando a segundas personas de gran importancia, si no sabemos escoger nos llevará a la destrucción.

La diferencia de ideales, el ir a destiempo, o incluso el sencillo detalle de no haber pasado por situaciones de misma índole en la vida, van a dificultar la comunicación.

Y lo peor es que, cuando el corazón ya ha elegido a esa persona, todo va a pesar el doble. El corazón en todo momento trata de engañarnos mostrándonos lo bonito vivido.

El dolor sí va acompañado del amor. Pero la mayor muestra de amor que existe es escucharse. A uno mismo.


Y volviendo al comienzo, una vez expones tu situación a la persona indicada, ésta te escuchará como tú mismo harías contigo. Eso es paz, armonía y calidad de vida.

 
 
 
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