- Laura Pérez

- 12 jun
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Es sumamente curioso que algunos se autodenominen "progresistas" por aplaudir cualquier idea, por extravagante que sea, siempre que venga envuelta en el papel de la supuesta inclusión. Por celebrar que personas sin límite alguno en la definición de su identidad puedan autoproclamarse cualquier cosa y, además, exigir reconocimiento social inmediato, como si cuestionar una afirmación fuese un acto de intolerancia.
Por cómo con ciertos movimientos han transformado el significado de conceptos que costaron décadas de lucha. El feminismo, que nació como una reivindicación de igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, parece haber sido sustituido por una narrativa donde el enfrentamiento entre sexos ocupa más espacio que la búsqueda de la equidad.
Por dar la bienvenida a la inmigración ilegal. Presentan como gestos de humanidad políticas que ignoran las consecuencias reales: presión sobre los servicios públicos, dificultades de integración y una creciente sensación de agravio entre quienes cumplen las normas mientras observan cómo otros las eluden sin aparente coste.
Por dar rienda suelta a la ocupación de viviendas. El discurso suele centrarse en la vulnerabilidad del ocupante, mientras la situación del propietario queda relegada a un segundo plano. Parece olvidarse que detrás de muchas de esas viviendas hay años de trabajo, sacrificio y ahorro. La empatía se distribuye de manera selectiva.
Y quizás ahí resida la contradicción más evidente. Se reivindica el progreso mientras se erosionan principios fundamentales como la responsabilidad individual, el respeto por la ley o la protección de la propiedad privada. Se habla constantemente de derechos, pero cada vez menos de deberes. Se presume de tolerancia, aunque rara vez se tolera la discrepancia.
Se llaman "progresistas" y yo encuentro muchas grietas en su lógica. Si el progreso consiste en debilitar los pilares que sostienen una sociedad funcional, entonces, de todo corazón, admiro ser tradicional.
