Narcisista
- Laura Pérez

- 17 feb
- 1 Min. de lectura
A lo largo de la vida te cruzarás con todo tipo de personas. Aprender a distinguirlas no es un ejercicio de desconfianza, sino de lucidez: saber elegir con quién caminar es una forma de cuidado propio. Aun así, tropezarás. Es inevitable.
Sí, la maldad existe.
No todo acto dañino nace del sufrimiento, la rabia o la infelicidad. No siempre puede explicarse como el resultado de una herida mal cerrada o de una circunstancia adversa. A veces, la maldad no es reacción, sino disposición. No es un impulso momentáneo, sino una forma de estar en el mundo.
Hay personas que conviven con ella como quien convive con su sombra. La integran, la cultivan y actúan conforme a esa naturaleza. Suelen llevar una máscara impecable: una amabilidad calculada, una empatía ensayada, una cercanía estratégica. Bajo ese velo, la intención se afila en silencio. Y cuando te das la vuelta, el golpe llega sin aviso.
Desde fuera cuesta comprenderlo porque tendemos a interpretar a los demás desde nuestro propio marco moral. Proyectamos nuestra capacidad de culpa, nuestra empatía, nuestra duda. Y cuando alguien actúa con frialdad sostenida, buscamos una razón que lo humanice, que lo explique, que nos devuelva cierta sensación de orden.
No busques siempre una explicación. No te precipites a encontrar una causa que te implique. No todo tiene que ver contigo. No todo es responsabilidad tuya.
A veces, simplemente, te cruzas con la maldad de frente.

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